Frases

La curación no viene de ser amado, sino de ser uno mismo. No es un asunto de estar claro, sino de ser claramente uno. Esta cura es simplemente ser uno mismo. Nada que esté separado, nada apartado, nada que limite.

Stephen Levine

CUENTOS Y ENSEÑANZAS

Ante los éxitos y fracasos...


Un rey dijo a los sabios de la corte:

- Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total. Tiene que ser muy pequeño, de manera que quepa escondido debajo del diamante del anillo.

Todos ellos eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados. Pero darle un mensaje de no mas de dos o tres palabras que le pudiera ayudar en momentos de desesperación total. Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.

El rey tenia un anciano sirviente que era casi como su padre, también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente había cuidado de él; por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por él.

El anciano dijo:

- No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico; pero conozco el mensaje, porque solo hay un mensaje. Y esa gente no te lo puede dar; solo puede dártelo un místico, un hombre que haya alcanzado la realización.
Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento por mis servicios, me dio este mensaje –y lo escribió en un papel, lo dobló y se lo dio al rey-. No lo leas, mantenlo escondido en tu anillo. Ábrelo sólo cuando nada haya salido como esperabas, cuando no encuentres ninguna salida a la situación.

Y ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida, y sus enemigos le perseguían. Estaba solo, y los perseguidores eran numerosos. Y llegó a un lugar donde el camino se acababa; no había salida; del otro lado había un precipicio y un profundo valle. Caer por él sería el fin. No podía volver, el enemigo le cerraba el camino y ya podía oír el trotar de los caballos.
No podía seguir hacia delante, y no había ningún otro camino…
De repente se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso. Simplemente decía: “Esto también pasará”.
Mientras leía “esto también pasará” sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Y aquello pasó.

Todas las cosas pasan; nada permanece en este mundo. Los enemigos que le perseguían debieron de perderse en el bosque, debieron de haberse equivocado de camino; poco a poco dejó de oír el trote de los caballos.

El rey se sentía tremendamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, lo volvió a poner en el anillo, reunió a los ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes…y él se sentía muy orgulloso de sí mismo.

El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo:

            - Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.
            - ¿Qué quieres decir? –preguntó el rey-. Acabo de salir victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida…
            - Escucha –dijo el anciano-; esto es lo que me dijo el santo: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estas derrotado; también es para cuando te sientes victorioso, No es sólo para cuando eres el último; también para cuando eres el primero.

 El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará”, y de repente la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que se regocijaba, que celebraba, que bailaba…pero el orgullo, el ego había desaparecido. Todo pasa.

Pidió al anciano sirviente que viniera a su carro y se sentara junto a él, Le preguntó:
-          ¿Hay algo más? Todo pasa…Tu mensaje me ha sido de gran ayuda.
-          La tercera cosa que dijo el santo es: “Recuerda que todo pasa. Sólo quedas tú; tú permaneces por siempre como testigo”.

Todo pasa, pero tú permaneces. Tú eres la realidad; todo lo demás sólo es un sueño. Hay sueños muy hermosos, hay pesadillas…pero no importa si se trata de una pesadilla o de un sueño precioso; lo importante es la persona que está viendo el sueño. Ese observador es la única realidad.

El valor de las cosas



“Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?”

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después…- y haciendo una pausa agregó: Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

-E…encantado, maestro -titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

-Bien- asintió el maestro.

Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó- toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete ya y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió.

Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo.

Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta.

Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, monto su caballo y regresó.

Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.

Entró en la habitación.

-Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

-Qué importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar.

El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

-¡¿58 monedas?!-exclamó el joven.

-Sí -replicó el joyero- Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… si la venta es urgente…

El Joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.


La llave de la Felicidad


La Tristeza y la Furia





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